jueves, julio 02, 2009

El arbolito




“En su hierro dormía y acechaba un rencor humano.”

J.L.B. “El encuentro”



El pibe venía caminando por la vereda rotosa, una metástasis hecha de raíces de plátanos antiguos se mostraba cual venas del barrio. El frío era punzante sobre su cara apenas cubierta por la bufanda. La garúa traspasaba la piel de sus mejillas que parecía a punto de cortarse. A unas seis cuadras de su casa, ya casi llegando luego de haber comprado en el almacén, divisó algo brillante entre el devastador gris que corroía la tarde noche. Mientras el espacio moría entre ellos, la ansiedad crecía en su pecho de sólo 10 años. Pasó ralentizando su movimiento, mirando casi de reojo y con cierta culpa. Ahí yacía.


Entre pastos mojados, embarrada pero pulcra, se dejaba ver su empuñadura. Un cuchillo pequeño, de hoja corta y bastante redondeada. El acero mostraba su experiencia, vetas gris oscuras y algún resto de grasa vieja en el filo hablaban sobre su historia. El mango era de madera tallada y cuero, al igual que la vaina. El filo llevaba la divisa heráldica arbórea. El arbolito. El nene lo devoraba durante esos segundos eternos en los cuales pasaba a su lado, su atención era presa del arma. Por un momento, nada más existió en el vasto universo de su barrio. Se detuvo a su lado. Miro hacia todas las direcciones, que fueron cuatro -igual que siempre. Al verse solo, finalmente lo recogió y lo escabulló por entre sus ropas con harta prisa, detrás de su cintura.


Las primeras dos cuadras con el facón calzado fueron eternas. Quería frenarse, mirarlo. Observarlo con la fascinación que un arma provoca a un chico. Quería blandirle, asirlo y saborear el poder de matar –pues es esto lo que hace de las armas objetos muy atractivos para la mayoría de los humanos, el poder de acabar una vida. Añoraba revivir la mano hábil de su dueño. Era cosa común entre pibes andar visteando con palos quemados, marcándose como si fuesen guapitos peleando vaya uno a saber en qué entreveros lúdicos. Todavía Moreira corría con fuerza por las venas de Buenos Aires. Sin embargo proseguía hasta llegar a su casa, sabía que si alguien veía su cuchillo se lo quitarían. El mismo parecía decirle “No me muestres, no dejes que nos separen”. Con paso eléctrico llegó a la puerta cancel. Seguía lloviendo y ya era de noche. El viento comenzaba a silbar con los árboles y se cargaba de electricidad. Era pleno agosto, en la época donde todavía los inviernos eran crudos y la vida también.


Cruzo la puerta, entró corriendo como mil demonios, en el descuido, la bolsa golpeó contra la pata de la mesa y se rompió un huevo de la docena que traía. Un sudor helado corrió por su nuca, sabía que había dado lugar a ser detenido. Sabía que él mismo había causado que pudieran descubrirlos. El cuchillo se lo recriminaba “José, ¿Cómo has podido ser tan descuidado? ¿Acaso quieres que nos separen, no quieres saber mi historia?” Sin poder controlarse, sintió como las lágrimas le corrían por sus mejillas. Pidió disculpas horrorizado ante la inquisitoria mirada de su madre y se preparó para lo peor. Frunció el seño y, casi evitando hacerlo, subió las manos para cubrir su rostro. La madre lo miró sorprendida, y más allá de un regaño y resaltar su tosquedad, no pasó a mayores. Aliviado, corrió a su habitación, la cual compartía con su hermana de 6 años. La niña dormía con una pose angelical muy particular de su género y edad. Esa postura que uno puede reconocer en una mujer de cualquier edad sólo si es realmente hermosa. El la miró de cerca, casi sentía como se mezclaban sus alientos. Tocó uno de sus bucles. La niña no se inmutó.


Se sentó detrás de su cama -entre la pared y la misma se formaba un pequeño pasillo de unos 40 centímetros. Descalzó el metal de su cintura y se apuró a empuñarlo. Un ápice de culpa o miedo lo hizo dejarlo en el piso. Lo observó durante siglos, debatiéndose. Finalmente lo agarró con mano firme, como quien quiere sofrenar un potro. El cuchillo clamaba “Dame vida. Déjame surcar el aire aunque más no sea, José.” El niño seguía embobecido por su forma, su poder, su mito.


Desenvainó la hoja eterna y comenzó a dar estocadas tímidas al aire. En su mente peleaba contra un facineroso que venía a matarlos, su padre yacía, la madre lloraba con su hija en brazos. El niño y el cuchillo comenzaron a danzar, silbaba la hoja de un lado a otro, la muñeca del niño comenzaba a calentarse inusualmente. Los movimientos se nutrían en cada estocada con mayor velocidad y fuerza, con una inusitada destreza para un niño de 10 años. El pibe estaba envuelto en éxtasis y la danza se entreveraba cada vez más, el cuchillo lideraba y hacía trizas a todo enemigo onírico, describiendo curvas prominentes. Su filo giraba con gran facilidad mientras tajaba el aire. Ya había olvidado la cautela, había dejado el pasillo cuando avanzaba contra un tipo grandote de traje negro que había golpeado a su padre. Saltaba de un lado al otro, asestando hordas de guapos infernales. Todos contra él, la última esperanza de su familia y porqué no, del barrio entero. Cuando la batalla llevaba un tiempo –imposible precisar cuánto, pues las batallas bravas son eternas e instantáneas- ya habiendo llenado morgues enteras en tierras imaginarias, el sweater que había envuelto en su mano derecha para escudarse de los embistes golpeó una lámpara desencadenando un correlato de sonidos en escala de nivel. De la lámpara al florero, del florero a dos muñecas de cerámica medianas, y finalmente a la foto de ellos dos –la cual en acto concatenado cayó al piso dando un estruendo de vidrio y madera. La nena se despertó abruptamente, y, haciendo foco aún, divisó la figura de su hermano con el cuchillo en mano. Esta vez el cuchillo no fue tan servil.


El niño fue encontrado por su madre casi pasado un parpadeo del estruendo en su cuarto. Ella, primero, al haber oído el vidrio estallar, dejó de amasar los fideos y salió preguntando que acontecía. Tardó ese tiempo en llegar de la cocina hasta la habitación, mientras iba dejando preguntas al aire sobre qué pasó, qué habrán hecho esta vez. Hasta tuvo tiempo de soltar dos o tres regaños al estilo víctima, sobre cuán desobedientes eran y la mala sangre que ella se hacía. La matarían de un patatús un día de estos y serían huérfanos, si, eso mismo. Ciertas imágenes no deberían ser permitidas a ninguna persona, mucho menos a una madre y menos aún, sobre sus hijos.


El cuerpecito de su princesita estaba teñido de rojo, lo mismo la cama y hasta la luz. El ambiente era espeso, se respiraba el aliento de miles. Aire viciado, la luz con un tenue dejo carmesí. La habitación entera se había impregnado de violencia. El niño respiraba agitado, los ojos aún extraviados y el cuchillo en su mano izquierda. Las cincuenta y ocho puñaladas sobre el torso superior de su hermana lo habían agotado físicamente. La cara bañada en su sangre ya no era la de un niño, postulo que ese rostro sólo puede pertenecer a los vicios y perversiones adultas. Cuando volvió en sí, el niño vio la dantesca escenografía. Instintivamente miró a su madre a los ojos y, en la expresión de su llanto pálido, entendió su pena; el peor destierro posible.

viernes, abril 24, 2009

QUEDÓ

Quedó.

No hay más.

Espasmo de verdad.

Entre Calosfríos impúdicos

y una puteada,

una menos agraciada

escénicamente me devora.

Y de lodo la cubro,

emulando otros tiempos.

Otras eternas realidades.

The Doors adorna la chanza.

Y amanece otra vez.

Así se repite la comedia fútil,

la de mayor audiencia en el olimpo

¿Dónde quedó el tiempo

que pareció posible?





Quedó.

No hay más.

Espasmo de verdad.





Sir Nenón




Si, otro poema cortito y mediocre sigue siendo mejor que nada.

domingo, marzo 29, 2009

Imagen del alba

Durmiente.

Bella inconciente.

Mudando de ropas oníricas,

negado

de tu hermoso yacer.

Hiriente.

Siempre omnipresente.

Ocre es el manto,

sacra tu pose.

Desvelado te recreo

nunca a mi lado,

¿tal vez? Nunca habrás

De estarlo.

No hay baile mejor, que este

tu estático embellecer,

tendida,

despreocupada los dioses

te guardarán,

mi musa de un afortunado

ajeno caminante,

te sufriré una vez más,

antes de olvidar

la imagen

de tu inocente belleza.

Durmiente

te desvaneces finalmente

una vez más.

jueves, diciembre 25, 2008

Intangible

A mi musa imaginada...


Cruda y frágil, reivindicante
de todo tu género.
Intangible mujer, etérea amazona, sólo podré
-¿al menos?- reconstruir tu figura,
nunca en una mañana perfecta. Nunca a mis ojos,
destinarán, la visión
de tu espalda desnuda.
Hiel de mil pesquisas revuelve tu vientre, mientras
oníricamente, inconscientemente,
meces mi ilusión a un abismo púrpura;
dirimo si soñar, al menos, una caída
suficientemente extensa, como para pensarme
eterno;
o, tal vez, flotar un instante y volver, otra vez,
finalmente al mismo sabor;
Agrio dolor, padre de la
creación -¡Nútreme!-
Sólo una expresión basta(ría), para,
gentilmente,
hundirme en laberintos irredentos.


¿Cómo te atreves, mujer despiadada,
a mostrarte así?
Pudoroso placer, privarse de intentar, aunque sea,
flotar sobre tu cuerpo.




Sir Nenon

miércoles, octubre 15, 2008

Estatuto

This world could not have been the work of an all-loving being,
but that of a devil, who had brought creatures into existence
in order to delight in the sight
of their sufferings.
A. Schopenhauer






Ante la nefasta pesquisa, dominado por el iracundo, el siguiente postula:

Que la misoginia sea herramienta. Sea así el camino tan errado como simple. Pues la morfología y frialdad favoreciólas de antaño; sea ya por nuestro andar instintivo, bestias ilusas somos. Detestables bestias ilusas. ¡Malditas sean! ¡Malditas sean todas y cada una de ellas!

Que las “emociones” sean ignoradas. Pues su reflejo físico es imperativamente molesto, compele a la estupidez y la victimización. La angustia, desidia, nostalgia, ilusión, furia, ira, odio, amor y otros males serán tan significativos cual el libre albedrío a un ateo.

Que el acto físico sea un reflejo. Necesario, insignificante. Un abrazo no será más que el acto, mas no habrá implicación alguna en tal. La piedra es más dura que la carne, aún siendo ambas formadas por la misma energía.

Que el llanto sea libre. Consecuente con las emociones, el reflejo físico morirá. Las lágrimas caídas nunca deberán ser un patético sangrado de la herida por venir.

Dominar lo onírico será, tal vez, la mayor empresa. Pues es alli donde las reglas descansan.
Sólo el despertar será liberación temporal. ¡Muerte pues, a su recuerdo en sueños y embobamientos! ¡Muerte pues, a su recuerdo y a la idea que plasmó! ¡Muerte pues al noble mozo! El canalla consigue mayores honores siendo sólamente un amante gentil.

Que el estatuto sea eterno, cíclico. Pues fuera de la queja, sólo existe maldad y miseria, exacerbadas por la misma ilusión que devino en putrefacto recuerdo. Conjeturo será abolido cuando yazga complaciente, ante un placer color rubí.

La misma mentira será aceptada con bombos y platillos de una banda de ilusos, dependiendo de la consorte portavoz. Sería de cobarde la negativa. Cual adicto abstinente, siempre se disfruta de las mieles de cualquier moza artera.


Rubríquese y sea así aliviada la pequeña miseria del pequeño boquifloja hombre.







Sir Nenón.

martes, agosto 26, 2008

La muerte de M.

Según me ha sido referido por varios alquimistas de lo cuántico, ya sea en persona, ya sea en un escrito, cada hombre es todos los hombres. Yo soy Perón, Borges, Cortázar y Maradona. Soy un personaje de una comedia fatídica o de una obra maestra de la novela.

Habiendo infinitas dimensiones donde existir, en cada una de estas salas hexagonales somos otro hombre, y todos los hombres son otros. Recientemente, ante el cierre de un amor me contentó el mismo conjuro. Se que no hay verdadero alivio en tal pensamiento, admito eso, pero aún así, y ya cuando otros mecanismos de defensa tomaron lugar, la noción siguió dando vueltas en mi cabeza.

Una fatídica tarde gris creo que llegué a sugerirme que la única constante, lo único que une estas circunstancias fordianas no es el yo, ya que somos otro, sino que es el tiempo. En todas somos finitos y vivimos acorde a ello. Lo único que nos motiva es saber que no somos eternos, que hay un final del camino. Si siempre me asustaron los espejos es porque evidencian lo infinito, un tipo de frialdad inhumana. Saber que el tiempo no existe; conjeturo es imposible vivir sabiendo eso. De cualquier modo, en cada una de las exhaustivas verdades cuánticas no se puede eliminar la constante de tiempo y espacio. De un tiempo y un espacio, ya que como tal son conjunciones de símbolos, que se pueden transformar en fonemas, unidos de tal o cual manera por la cual se entiende un subsistema palabra el cual conlleva la representación de tal o cual… Bueno, creo que se entiende… La representación.

De cualquier manera, venía divagando en escribir algo relacionado al tema hacía ya algún rato, pero es muy difícil de resolver tal paradoja sin las herramientas de los grandes. No podía abordar el tema en más que unas líneas sin caer en un relato mediocre, pero esta vez me desalentaba. Fue en ese momento cuando lo conocí.

M. estaba obsesionado con el tiempo. Recuerdo que en su frenesí de excesos solía llevar relojes en su bolso y mirarlos buscando algo, siempre en busca del tiempo vivencial. Postulaba con gran determinación que este era manejable y que los iluminados lo habían resuelto. Postulaba en las largas noches de excesos que el tiempo podía casi detenerse y una noche durar mil. No pasaba un momento sin pensar en esto, ya lo había referido unas cuantas veces, aunque con el pasar del tiempo, paradójicamente, su teoría se volvía más confusa y errática. Citaba a Proust y a Borges repetidamente, en formas casi mecánicas y que él consideraba irrefutables. Tuvimos un par de encontronazos, por esto mismo de las citas, sumado a los vicios; y debo decir que cada tanto me preocupaba su obsesión. Igualmente, descreía con ojo avaro ante la misma.

Dejé de verlo por un tiempo, aunque no éramos amigos. Recuerdo ir yerrando por la calle Reconquista, visitando bares amigos del bajo cuando lo crucé. Creo habían pasado unos cuatro meses. Venía con la mirada perdida, aliento a whiskey y un porro medio apagado en una mano. Hacía rato que habían volado los cuervos, así que serían las 3 de la madrugada o aún más. Tomamos dos Jack Daniels en las rocas cada uno y, justo cuando nos servían el cuarto, repentinamente, mientras hablábamos de uno de sus viajes, cambió a hablar de su soledad. También refería que se estaba perdiendo, que cada vez le costaba más. Justo cuando creí que hablaba de presiones rutinarias y comunes, me dijo que sentía que su mente se estaba achicando. Como si cada vez tuviese menos recuerdos y que a veces pasaba días sin moverse. Una introspección que no lo llevaría al Tao, sino a un infierno medieval. Con un saludo sentido lo dejé en Córdoba y Maipú y subí al 45. En el viaje logré calmarme, pero la imagen que ví por la ventanilla del colectivo se me marcaría a fuego en la mente. Ahí estaba M., con la mirada absorta otra vez. Saludaba con la mano izquierda en un movimiento ondeado y lento. Sólo por un momento no me di cuenta que tenía los ojos blancos, como girados hacia atrás. Desde chico eso me causó pavor, con el pasar de los años, Sábato se encargaría de darle un tinte mucho más perverso a mi miedo.

No volví a verlo por un largo rato. Luego, por cuenta de conocidos en común, me llegaron algunos balbuceos escritos de M. Tratados sobre el tiempo y espacio. Ninguno de los dos teníamos formación en física cuántica, física, matemáticas, fenomenología o algo que pudiese darnos un mínimo crédito para hablar de semejante tema postulando teorías. Pero M. había desarrollado sus teorías de lo que creía el tiempo y el espacio, como podría manipularlos por períodos de muy corto tiempo, etc. Lo que más llamó la atención fue el monográfico ensayo que enumeraba los efectos adversos o colaterales de la experiencia. Cuadraba la descripción de su persona, no sólo por el rápido deterioro de los mismos rasgos, sino también por algunos signos particulares, como una foto de una mancha en la cara cuya forma era muy particular, si bien amorfa, muy particular. Nunca tuvo una mancha así. El escrito se llamaba “Efectos adversos de la manipulación del tiempo vivencial”.

También me pareció excelso el “Causas del viaje en el tiempo vivencial”, escrito como explicación de porqué creía que esto era posible. Postulaba: “la línea temporal era única antes del principio del universo entero. Una sola corriente indivisible que no podía sufrir ninguna alteración en el vacío. (…) Con el comienzo del universo esta línea no sólo sufrió una alteración, sino que fue erráticamente quebrada o segmentada, dando lugar a un nuevo orden temporal. Éstas nuevas tangentes a su vez se han convertido en subsistemas tiempo que se rigen bajo otras normas pero están aún sujetos a la primer y única línea temporal. (…) Entonces, la creación provoca la ruptura en el tiempo, pues es el único fenómeno conocido que pudo provocar el cambio. Ergo, en cada uno de los subsistemas temporales, cada creación provoca el mismo fenómeno en reflexión infinita, creando infinitos subsistemas inconexos entre ellos sino por la primera y única línea temporal. Pero cada una de estas nuevas formaciones especulares en cierto modo inciden en la madre, pues la línea no es la misma del otro lado del punto donde comenzó la creación, sino que sigue siendo la primera línea virgen. Ese es el tiempo puro de la nada, es un tiempo que no es explorable, ya que no varía. Por lo cual, deduzco, no existe el instante en la eternidad. Ese tiempo es Dios y el Tao. Aún siendo un concepto o una representación humana, el tiempo existe y se conecta de manera bilateral, por lo cual, la noción de un portal o agujero de gusano es no sólo factible sino casi exacta. (…) A partir de lo expuesto, conjeturo que el universo no es infinito, pues tiene un comienzo en esa línea temporal. (…)” Recuerdo que consideré este escrito sublime. No se si lo es, ya que nunca lo llevé a un experto, pero resulta tan razonable en algunos términos, que simplemente no puedo dejar de mostrar admiración. Recuerdo haber pensado que era un ejercicio idéntico al comienzo del pensamiento, pensar el porqué con lo que uno tiene y tratar de exponer una verdad aunque fuere errada. Lo admiro aún por su espíritu osado, aunque altanero.

A la semana siguiente de recibir el escrito me refirieron que M. se había suicidado. Al parecer se despertó cerca de las 9 de la mañana del sábado 16 de agosto de 2008. Se tomó una botella de Jack Daniels, se fumó medio paquete de Lucky Strike box, aunque puede ser que menos. Hizo unas llamadas a su casa y a su novia, y cerca de las 11 de la mañana, habiendo fumado medio porro se voló la cabeza con un Smith & Wesson .357 de 2 pulgadas y media que no se sabe como consiguió. La bala que lo traspasó pegó en el centro del reloj de la cocina, formando la paradoja más enferma que he conocido.

martes, agosto 12, 2008

Humënis

Humënis habita dentro de mi cabeza. No se como, pero conjeturo tiene poderes sobre mi lado creativo. Yo se cuando está molesto o simplemente aburrido. En esos momentos me pierdo en un clamor suplicante que suele acompañarse por migrañas, del lado izquierdo de mi cabeza. Humënis disfruta mucho de hacer eso. Por eso es que lo odio.

No recuerdo cuándo comencé a notarlo, postulo que nació conmigo, solo que no se mostró hasta entonces. Creo que se intensifica con el dolor o la angustia. En esos momentos Humënis ríe con una risa seca. Se revuelca de placer en su mugre. Por un lado siento que me hace bien, Humënis es parte mía después de todo. De cualquier manera, me apodera una gran ira contra él.

Humënis me odia recíprocamente. Ya no soporto más verlo envenenar mi cabeza. No creo que sin mi Humënis pueda sobrevivir.