viernes, abril 09, 2010

Queja 2

Hipnótico dolor

tus bretes de mujer.

Inobjetable tu belleza

y tu barro siempre humano.

Y tu rostro dubitativo,

Y esa mirada de musa.

De musa sin autor

encomendada a un juglar mudo,

A escribas mancos de alma,

y de maloliente calma

y encontrados sentimientos.



Adios, mujer. Adios.

Que el amargo dulce abur

Sea sin ese beso soñado

Que nunca pude dar.


Sir Nenón

jueves, setiembre 24, 2009

Queja 1

Clama Narciso,

¡Ay, qué será de mi!

pobre de él

pobre de él

Mira la vida sin ver,

rompe la calma del

atroz estanque,

mientras juega a recordar.


¡Ay, qué será de mi!

pobre de mi

pobre de mi

Corro en mis porfiadas

perogrulladas repetidas,

lúdica superchería.


¡Ay, qué será de mi!

pobre de ti

pobre de ti

Suelta la realidad y olvida,

no aquietes el elíxir,

no grites la miseria.


Mira y no ve.

Toca y no es.

Muero y no fui.


lunes, agosto 10, 2009

El comediante

“We participate in a tragedy; at a comedy we only look"
Aldous Huxley


El bramido de la mosca se hizo gigante, casi tanto como el cosquilleo creciente sobre su oreja izquierda. Instintivamente quiso sacudirse, borrar al sirviente de Mefistófeles con una palmada eléctrica. Justo en ese instante, comprendió el horror de sus ojos entrecerrados. El gusto todavía dulzón del éter en su paladar, la mirada borrosa, la columna fláccida que no sostenía ni su espalda o su cabeza. Vio la ajada silla de madera agarrándolo de las manos y los pies. Hubiese gritado, de no ser por el estropajo que le llenaba la boca entera. La penumbra escondía manchas de humedad y moho, un ambiente verdinoso se erguía haciendo suponer que estaba en un sótano, o en un altillo olvidado por el sol. Miró hasta donde su radio visual lo permitía, buscando una explicación. “¿Cómo llegué aquí?” era la pesquisa que lo atormentaba aún más que su inmovilidad.

El instinto de supervivencia más primario –o de curiosidad timorata, imposible sería osar precisarlo- muñiría todo su ser. Luego de desesperar por un instante interminable se percató de su circunferencia. Estaba en el centro de la pieza vetusta, maniatado, amordazado y aún reponiendo su consciencia cómo tantas veces lo hizo cuando fue presa etílica, o herbal, o sendas. Divisó enfrente una pared de ladrillo a la vista con un micrófono de pie apuntado hacia él mismo. Intentó una vez más soltar sus amarras con la eficacia misma que si intentase volar. “¡Mierda!” pensó con furia temerosa. El pavor se acrecentó cuando escuchó una puerta, parecía resonar desde atrás y arriba, desde la derecha. Si, eso mismo, era un sótano –resolvió con orgullo. El atroz anfitrión comenzaba a bajar, escalón por escalón con cansina resonancia. Temeroso y desnudo se preparó para lo peor. Una ovación llenó la salita, reproducida desde un grabador que se anunciaba en la oscuridad con luces verdes. Aplausos, chiflidos y una gran alegría de una multitud tácita daban un tinte absurdo. Hasta tuvo que volver a ver en derredor, asegurándose que no fuese una broma práctica. Sintió un guante de fajina por detrás de su nuca, una caricia tan perversa como tenue. Hubiese saltado de la silla pavorosamente, pero seguía unido a ella con una cinta plateada, ahora gris en la verdosa penumbra. Finalmente, la masa cesó sus loas y el silencio volvió a reinar.

Frente a su persona lo vio por primera vez, ya más repuesto del trance etílico su percepción era mayor a cada instante. Un tipo regordete, calvo y de horrible estampa se paró en un cajón de aristas de un metro aproximadamente. Vestía un frac rojo, ajado y de proporciones extrañas, aunque le costaba decir si realmente era el traje o el saco de piel y grasa lo que daba ese desagradable aspecto bombeé, esa redondez casi nauseabunda que ostentaba. Guantes de fajina blancos, con sus clásicas tres tiras escondían sus manos, también esféricas y de dedos cortos. Una galera a tono coronaba al bebote horripilante, cuya expresión era más la de un niño ansioso que la de un demonio. El grasoso pingüino carmesí lo miró por unos 10 segundos, sonriendo con expresión bonachona. Con su mano extendida hacia la mejilla izquierda, se acercó lentamente, casi como si fuese a acariciar a un animal asustado. El preso corrió su cara hacia atrás y arriba, un poco a la izquierda, mirando siempre de reojo al otro. Finalmente removió su mordaza de un tirón y lo ayudó –habiendo primero cubierto sus guantes con una bolsa de nylon- a escupir la bola de trenzas de algodón que secaba su boca. Apenas sintió el paso del aire una vez más, gritó por que lo socorriesen. Ante tal traición, el regordete de rojo pegó media vuelta, buscó una jarra de agua que estaba sobre una mesa de circunferencia angostísima y sirvió dos vasos. Tomó primero él mismo y luego le acercó el otro, usando de nuevo la bolsa camiseta del supermercado sobre sus guantes. Parecía como si no quisiese el más mínimo contacto con el que estaba sentado. Este realmente estaba aterido, mas la sequedad de su boca pasaba más allá de su gola por lo que no dudó en atragantarse del vaso que le era servido, chorreándose hilos de agua por las comisuras de sus labios. Su mejilla ostentaba un rectángulo rojo y menor tupidez de barba por la liberación reciente. Una vez que hubo tomado todo el líquido, agitado y todavía sin recuperar el aliento del todo, volvió a los gritos por casi cinco minutos en los cuales el bofo lo observó con una sonrisa infantil. Llegó a ver que le faltaban algunos dientes y los que aún permanecían eran de un tono ocre; y esa forma en que el poco cabello de ínfimo grosor caía, como embebido en aceite o cera sobre su calva, pegado casi por ese brillo opaco que lo cubría le dio aún harto mayor asco. Paró de gritar.

- ¡No-me-haga-nada-por-favor! ¡Se-lo-suplic-co! –alcanzó a balbucear.
- ¿Sabe usted lo que dijo Chaplin? ¿Charles Chaplin?

Entre la sorpresa y sollozos de pavor dijo:

- ¡Por favor! ¡Le juro que no tengo dinero, nada de nada!
Pero dígame, ¿Lo conoce o no lo conoce a Chaplin? Mire que no le creo que me diga que no conoce a Charles Chaplin, o a Groucho Marx. Es como que me diga que no conoce a Maradona…
- ¡Déjeme ir, le juro que no tengo nada! ¡Pero haré lo que diga usted, lo que sea pero por favor déjeme ir! –llego a decir en un llanto muy cobarde.
- Me cuesta creerle Carlos, mucho. Si le hago una pregunta y ni siquiera se digna a contestar más que mariconadas… -al terminar de decir esto su tono se hizo apenas más agudo, en congruencia con su cara que expresaba ironía pura.
¡- Por favor! ¡Tengo hijos, una familia! ¡QUÉ QUIERE, DÍGALO YA POR FAVOR!

En tono calmo, casi cansino y con la misma mueca el flan vestido de gala dijo:

- Quiero saber si lo conoce a Chaplin, Charles Chaplin. Y si sabe su mayor máxima.
- S…s..sí –logró decir pasmoso –Conozco a Chaplin.
- ¿Y su máxima? ¿Su mayor enseñanza?
- N…n…no –al terminar el monosílabo largó un sollozo de niño, cortado y lleno de miedo sólo para replicar en llanto –No se cuál es su máxima…
- Por eso está aquí, Carlos… -el tono era sombrío, con una carga de ira, de dolor y desilusión –Por eso mismo Carlos…
- ¡No lo sé! ¡No sé que mierda dijo Chaplin! ¡Suélteme o verá! –expresó con una altanería impropia para su situación, sobretodo viniendo de un tipo que estaba llorando desesperado.
- El problema no es que no lo sepa, sino que no pregunta Carlos. Ni se molesta en querer saberlo, ¿O será que no tiene hambre de conocimiento? ¿No quiere saber acaso?
- ¿¡Qué!?... No… No lo entiendo.
- A ver, vamos a hacer lo siguiente… -hizo una pausa y miró hacia arriba, como buscando una respuesta en el techo que apenas estaba a unos 70 centímetros de su persona- Yo le digo la máxima de Chaplin, su tocayo, y usted me dice que le parece, ¿estamos?
- ¿¡Eh!?...

¡PAF!

De repente, la mano corta impactó abierta sobre su cara. El gordo repitió la pregunta de la misma manera, idéntica. Carlos lloró en silencio y asintió.

- Mire, Chaplin dijo que es más fácil, pero mucho más fácil –el énfasis de su voz aquí tocó techo- hacer llorar al público que hacerlo reír. No cualquiera hace reír a un extraño…
- ¿Y qué tiene que ver esto conmigo?... –preguntó con sorpresa mayor aún- Por favor, déjeme ir… le pagaré bien, haré lo que quiera usted. Por favor, tengo familia, soy un buen hombre –aquí fue interrumpido por su interlocutor, solamente con un dedo levantado y un pequeño “Shhh”, pues la bofetada había sentado ejemplo.
- Todo tiene que ver Carlos, no se va a creer que usted llegó aquí por pura casualidad, no señor. Usted está aquí porque así tuvo que ser. Usted tiene que reír, Carlos. Usted es un triste, como cualquier otro triste que anda dando vueltas por esta ciudad...

La mirada atónita de Carlos demostraba la pureza de la ignorancia, no entendía realmente porqué de repente se encontraba ante esta situación. Temía mucho lo que el orate este pudiese hacerle, pues quién sino un loco podría andar atando gente en su sótano vestido de frac para hablar de cómicos de principios del siglo XX. Comenzó a pensar que realmente no saldría de ahí, que en cualquier momento el gordo lo golpearía hasta matarlo o vaya uno a saber qué, pues suponía cómo estos psicóticos actuaban. Es imposible intentar razonar con alguien así, se decía. No debía confrontarlo más, pues ya había recibido una bofetada bastante humillante por eso y nada hacía pensar que esa fuese la máxima reprimenda. Además del miedo por su contexto, el horror que le daba la estampa de este tipejo era terrible, no en términos de temor, sino de asco, de náusea. Lo vio escarbar su nariz profundamente con un dedo y contemplar el botín retirado de la misma con ardiente triunfo. Tuvo una arcada que casi se traduce en vómito.

- Bueno, comencemos Carlos.
- ¿Qué?
- Comencemos –su cara se lleno de bonhomía- así se acerca un poquito más a su salvación, “Charles”
- No me haga nada –volvió a transformarse en un niño sollozando- Se lo suplico una vez más, no se qué le habrán hecho, no conozco porqué usted es así…

Al terminar de decir esto, Carlos se sofrenó con ímpetu. Vio como la cara del grasoso se tornaba oscura, se llenaba de violencia. Supo en ese momento que disparó el peor de sus seres, había tocado la fibra más profunda con ese “es así”.

- ¿¡Y qué se supone que eso signifique!? Yo acá, tratando de salvarlo, de darle sabiduría y usted… Como siempre, como siempre… Yo que trato de mostrarle algo… ¡Y con qué se despacha el señorito! ¡AL IGUAL QUE CUALQUIER HIJA DE PUTA QUE ES INCAPAZ DE VER MÁS ALLÁ! ¡AL IGUAL QUE LA HIJA DE PUTA DE MI VIEJA, AL IGUAL QUE SIEMPRE! Pero no, no… ¿Será posible?, me pregunto… Siempre lo mismo…-dijo esto último casi en un sollozo.
- No… no quise decir que… -fue interrumpido violentamente.
- No, claro que no. Nunca nadie quiere decir lo que dice. Usted me dice “es así” y se refiere a mi aspecto, ¿verdad? ¿Usted se cree que yo no me doy cuenta, que no entiendo nada? ¿USTED ME CREE UN PELOTUDO O UN LOCO? –dijo gritándole muy cerca de su cara.

Carlos no pudo evitar hacer una mueca al tenerlo a unos diez centímetros, sobretodo por el hedor que expelía de su boca, una podredumbre antigua que lo envolvió y hasta lo hizo revolear los ojos.

- ¡Ahí está, ve! ¡De nuevo hace lo mismo!...
- No, no… yo no… es que me siento mareado –esta fue la única excusa que se le ocurrió en el apuro de alejárselo un poco y calmarlo.
- Aham… puede ser el éter –dijo ablandando su cara y retirándose un poco- Disculpe, pero tuve que usarlo. Usted, en su ceguera no hubiese venido por su cuenta aquí ni tampoco dando consentimiento. A veces… a veces uno tiene que hacer cosas que no parecen bien… Bueno. Haga silencio Carlos. Ya comenzamos –dijo y bajó unas cortinas de terciopelo delante del cajoncito, no sin antes darle mayor libertad en las manos, la distancia justa para poder juntarlas aunque todavía atadas a la ajada silla.

De golpe, sonó “In the mood” por la orquesta de Glenn Miller. El foco se prendió y las cortinas se corrieron, dejando ver al gordo con su frac, en pose y listo para su performance. Bajó la música y comenzó una personificación del Polaco Goyeneche, muy lograda tanto desde el sonido cómo de los gestos y modismos del gran cantor. El tango era “Malena” y dejaba ver cómo esto había sido practicado una y otra vez. Era genial, realmente muy buena imitación. Al terminar el tango, la pista del grabador reprodujo otra ovación, con carcajadas y chiflidos. Carlos volvió a buscar el origen de los aplausos y, aunque realmente apreciaba el espectáculo, o mejor dicho hubiese disfrutado en otras circunstancias, no podía dejar de pensar en su seguridad. No dejaba de verlo como una amenaza.

Acto seguido, el artista se ofrendó a la multitud imaginaria con sonrisas de más. Su expresión estaba llena de alegría, llena de superación y adrenalina. Agradeció una vez más y pidió, exultante, “Un aplauso para Carlos, que hoy nos acompaña y a quien dedicamos esta función” mientras mirándolo le dedicaba unas palmas y una reverencia pequeña, casi imperceptible sino fuese por la mirada cómplice a sus ojos. Se sentó en un taburete, bebió agua una vez más y continuó.

Sacó una muñeca blanda, esas que se atan a los pies de uno para simular bailar, vestida con ropas caribeñas y de prominente caricaturesco rostro. Comenzó a sonar una rumba cuyos vientos daban los acentos justos para la danza grotesca y exagerada del comediante. Cada tanto, en lugar de liderar la danza, intentaba ya sea tocar lo que sería la cola de la fémina inerte o darle un beso, recibiendo reprimendas. Era un ballet del mal gusto, una lucha del cortejo desesperado, realmente gracioso y efectivo por la expresión facial del gordo quien sabía cómo una mujer rechaza y hacía de esto algo inocente y ameno. Luego de unos minutos de lucha por profanar el cuerpo del maniquí, el acento final coronaba con una cachetada supuesta de la muñeca que detonaba enroscando la pechera del frac violentamente. Otra vez las risas y la ovación. Carlos miraba y cierta parte de él disfrutaba el show, pero aún le era imposible apenas sonreír.

Siguió un monólogo bastante misógino que fue de gran agrado para el prisionero, sobretodo cuando el gordo profesaba chistes machistas sobre cómo las mujeres manejan o gastan dinero. Ante cada capítulo, sin que el anfitrión de este teatro surrealista hiciese el más mínimo gesto llovían aplausos. El acto completo tenía los tiempos de un reloj suizo, dejaba verse cómo había sido practicado durante eternidades para ser casi perfecto. Incluía baile con zapatos de tap, monólogos, muchísima comedia física de vieja escuela y totalmente sana aunque violenta. El gordo era una especie de Curly Howard infernal, realmente un buen comediante ya que sólo en su ínfimo escenario lograba una puesta bastante respetuosa, mejor que muchos que andan con carteles gigantes y dinerales para formar espectáculos dudosos con ladinas de mala vida en la calle Corrientes. Impresionaba su agilidad para moverse, sus tiempos controladísimos y su expresión facial. Tenía una retórica de Los Tres Chiflados, los hermanos Marx y sobretodo de Chaplin, pero a la vez no se parecía a ninguno de ellos. Sin embargo ostentaba un gran talento musical. Sus recursos eran limitadísimos, empero el espectáculo final era bueno. Era agradable. Carlos comenzó a olvidar su persona y a ser llevado por la dinámica de la obra. Comenzó a ver más que un horrible ser humano con el cual la genética se había ensañado de tal manera. Ante una rutina con un trombón de utilería, cuya vara se extendía por más de 2 metros por momentos donde el payaso corría de un lado al otro para no perder el compás de la música, comenzó a esbozar una sonrisa. El gordo desesperado intentaba llegar a dominar el instrumento, mientras este, sostenido del techo por tanzas, se rebelaba contra su operario. Era realmente hilarante y Carlos no pudo más. Largó una carcajada y dio palmas cortas, se olvidó de su persona y rió con fuerza. Aplaudió como si hubiese pagado una fortuna para ver a este cómico de vieja escuela. Se perdió y fue uno con la multitud en off. Era un acto realmente digno de los años ’30, de la comedia efectiva de los grandes. Y el fofo anfitrión le daba el toque justo, era por así decirlo, la cereza del postre.

Siguieron dos o tres sketches más, todos del mismo calibre y ejecutados a la perfección. Carlos se soltó de su bagaje y aplaudía contento, reía con cada acento de comedia física que proponía el acto, disfrutaba realmente e interactuaba con distintas exclamaciones. Al finalizar, el comediante hizo una versión de “A mi manera” imitando con increíble categoría a Frank Sinatra mientras con el mismo maniquí que ya hubiere utilizado anteriormente, simulaba cómo el público femenino solía enloquecer por “la voz”, un remedo increíblemente gracioso. Cayeron las cortinas y Carlos se quiso poner de pie, no ya para escapar, sino que reía a carcajadas, aplaudía y vociferaba “¡¡¡Bravo Gordo!!!” con otras interjecciones de aprobación. Se percató una vez más del micrófono que lo apuntaba, oyó las miles de voces en playback en las que se perdía como uno más.

Se volvieron a abrir las cortinas para un saludo final del grotesco, y con la reverencia a su público unipersonal, la cola del frac se levantaba como la de un pavo real mientras la galera caía y volvía a su lugar. Pasado un instante alargado, cesó la multitud y, abruptamente, volvió a su triste realidad. Volvió a ser el prisionero más que el espectador y a ver frente a él, una vez más, un tipo horrible más que uno gracioso. Allí se acercó el otro, con una expresión casi orgásmica y lleno de orgullo. Luego de haberle agradecido y mientras lo colmaba con palmadas y de fondo sonaba “The Entertainer” en la versión original de Marvin Hamlisch, cubrió su boca con un pañuelo mojado en éter. Carlos expresó pavor por un segundo, antes de volver a la siesta inducida.

Cuando despertó se hallaba en el mirador de Costanera Sur. Abrió los ojos cansinamente, le dolió el sol que pegaba de frente a la mañana y ese sabor dulzón volvió a su paladar. Intentó reconstruir su viaje, pero nada más que recuerdos fútiles asomaron. Se sentó todavía gomoso, miró en derredor una vez más. Solamente un ciclista pasaba y a lontananza se veían algunos corriendo. De su bolsillo, mientras buscaba los puchos, sacó una nariz de payaso y casi sin quererlo, esbozó una sonrisa.



FIN



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El comediante by Maximiliano Perez Feulién is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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jueves, julio 02, 2009

El arbolito




“En su hierro dormía y acechaba un rencor humano.”

J.L.B. “El encuentro”



El pibe venía caminando por la vereda rotosa, una metástasis hecha de raíces de plátanos antiguos se mostraba cual venas del barrio. El frío era punzante sobre su cara apenas cubierta por la bufanda. La garúa traspasaba la piel de sus mejillas que parecía a punto de cortarse. A unas seis cuadras de su casa, ya casi llegando luego de haber comprado en el almacén, divisó algo brillante entre el devastador gris que corroía la tarde noche. Mientras el espacio moría entre ellos, la ansiedad crecía en su pecho de sólo 10 años. Pasó ralentizando su movimiento, mirando casi de reojo y con cierta culpa. Ahí yacía.


Entre pastos mojados, embarrada pero pulcra, se dejaba ver su empuñadura. Un cuchillo pequeño, de hoja corta y bastante redondeada. El acero mostraba su experiencia, vetas gris oscuras y algún resto de grasa vieja en el filo hablaban sobre su historia. El mango era de madera tallada y cuero, al igual que la vaina. El filo llevaba la divisa heráldica arbórea. El arbolito. El nene lo devoraba durante esos segundos eternos en los cuales pasaba a su lado, su atención era presa del arma. Por un momento, nada más existió en el vasto universo de su barrio. Se detuvo a su lado. Miro hacia todas las direcciones, que fueron cuatro -igual que siempre. Al verse solo, finalmente lo recogió y lo escabulló por entre sus ropas con harta prisa, detrás de su cintura.


Las primeras dos cuadras con el facón calzado fueron eternas. Quería frenarse, mirarlo. Observarlo con la fascinación que un arma provoca a un chico. Quería blandirle, asirlo y saborear el poder de matar –pues es esto lo que hace de las armas objetos muy atractivos para la mayoría de los humanos, el poder de acabar una vida. Añoraba revivir la mano hábil de su dueño. Era cosa común entre pibes andar visteando con palos quemados, marcándose como si fuesen guapitos peleando vaya uno a saber en qué entreveros lúdicos. Todavía Moreira corría con fuerza por las venas de Buenos Aires. Sin embargo proseguía hasta llegar a su casa, sabía que si alguien veía su cuchillo se lo quitarían. El mismo parecía decirle “No me muestres, no dejes que nos separen”. Con paso eléctrico llegó a la puerta cancel. Seguía lloviendo y ya era de noche. El viento comenzaba a silbar con los árboles y se cargaba de electricidad. Era pleno agosto, en la época donde todavía los inviernos eran crudos y la vida también.


Cruzo la puerta, entró corriendo como mil demonios, en el descuido, la bolsa golpeó contra la pata de la mesa y se rompió un huevo de la docena que traía. Un sudor helado corrió por su nuca, sabía que había dado lugar a ser detenido. Sabía que él mismo había causado que pudieran descubrirlos. El cuchillo se lo recriminaba “José, ¿Cómo has podido ser tan descuidado? ¿Acaso quieres que nos separen, no quieres saber mi historia?” Sin poder controlarse, sintió como las lágrimas le corrían por sus mejillas. Pidió disculpas horrorizado ante la inquisitoria mirada de su madre y se preparó para lo peor. Frunció el seño y, casi evitando hacerlo, subió las manos para cubrir su rostro. La madre lo miró sorprendida, y más allá de un regaño y resaltar su tosquedad, no pasó a mayores. Aliviado, corrió a su habitación, la cual compartía con su hermana de 6 años. La niña dormía con una pose angelical muy particular de su género y edad. Esa postura que uno puede reconocer en una mujer de cualquier edad sólo si es realmente hermosa. El la miró de cerca, casi sentía como se mezclaban sus alientos. Tocó uno de sus bucles. La niña no se inmutó.


Se sentó detrás de su cama -entre la pared y la misma se formaba un pequeño pasillo de unos 40 centímetros. Descalzó el metal de su cintura y se apuró a empuñarlo. Un ápice de culpa o miedo lo hizo dejarlo en el piso. Lo observó durante siglos, debatiéndose. Finalmente lo agarró con mano firme, como quien quiere sofrenar un potro. El cuchillo clamaba “Dame vida. Déjame surcar el aire aunque más no sea, José.” El niño seguía embobecido por su forma, su poder, su mito.


Desenvainó la hoja eterna y comenzó a dar estocadas tímidas al aire. En su mente peleaba contra un facineroso que venía a matarlos, su padre yacía, la madre lloraba con su hija en brazos. El niño y el cuchillo comenzaron a danzar, silbaba la hoja de un lado a otro, la muñeca del niño comenzaba a calentarse inusualmente. Los movimientos se nutrían en cada estocada con mayor velocidad y fuerza, con una inusitada destreza para un niño de 10 años. El pibe estaba envuelto en éxtasis y la danza se entreveraba cada vez más, el cuchillo lideraba y hacía trizas a todo enemigo onírico, describiendo curvas prominentes. Su filo giraba con gran facilidad mientras tajaba el aire. Ya había olvidado la cautela, había dejado el pasillo cuando avanzaba contra un tipo grandote de traje negro que había golpeado a su padre. Saltaba de un lado al otro, asestando hordas de guapos infernales. Todos contra él, la última esperanza de su familia y porqué no, del barrio entero. Cuando la batalla llevaba un tiempo –imposible precisar cuánto, pues las batallas bravas son eternas e instantáneas- ya habiendo llenado morgues enteras en tierras imaginarias, el sweater que había envuelto en su mano derecha para escudarse de los embistes golpeó una lámpara desencadenando un correlato de sonidos en escala de nivel. De la lámpara al florero, del florero a dos muñecas de cerámica medianas, y finalmente a la foto de ellos dos –la cual en acto concatenado cayó al piso dando un estruendo de vidrio y madera. La nena se despertó abruptamente, y, haciendo foco aún, divisó la figura de su hermano con el cuchillo en mano. Esta vez el cuchillo no fue tan servil.


El niño fue encontrado por su madre casi pasado un parpadeo del estruendo en su cuarto. Ella, primero, al haber oído el vidrio estallar, dejó de amasar los fideos y salió preguntando que acontecía. Tardó ese tiempo en llegar de la cocina hasta la habitación, mientras iba dejando preguntas al aire sobre qué pasó, qué habrán hecho esta vez. Hasta tuvo tiempo de soltar dos o tres regaños al estilo víctima, sobre cuán desobedientes eran y la mala sangre que ella se hacía. La matarían de un patatús un día de estos y serían huérfanos, si, eso mismo. Ciertas imágenes no deberían ser permitidas a ninguna persona, mucho menos a una madre y menos aún, sobre sus hijos.


El cuerpecito de su princesita estaba teñido de rojo, lo mismo la cama y hasta la luz. El ambiente era espeso, se respiraba el aliento de miles. Aire viciado, la luz con un tenue dejo carmesí. La habitación entera se había impregnado de violencia. El niño respiraba agitado, los ojos aún extraviados y el cuchillo en su mano izquierda. Las cincuenta y ocho puñaladas sobre el torso superior de su hermana lo habían agotado físicamente. La cara bañada en su sangre ya no era la de un niño, postulo que ese rostro sólo puede pertenecer a los vicios y perversiones adultas. Cuando volvió en sí, el niño vio la dantesca escenografía. Instintivamente miró a su madre a los ojos y, en la expresión de su llanto pálido, entendió su pena; el peor destierro posible.

viernes, abril 24, 2009

QUEDÓ

Quedó.

No hay más.

Espasmo de verdad.

Entre Calosfríos impúdicos

y una puteada,

una menos agraciada

escénicamente me devora.

Y de lodo la cubro,

emulando otros tiempos.

Otras eternas realidades.

The Doors adorna la chanza.

Y amanece otra vez.

Así se repite la comedia fútil,

la de mayor audiencia en el olimpo

¿Dónde quedó el tiempo

que pareció posible?





Quedó.

No hay más.

Espasmo de verdad.





Sir Nenón




Si, otro poema cortito y mediocre sigue siendo mejor que nada.

domingo, marzo 29, 2009

Imagen del alba

Durmiente.

Bella inconciente.

Mudando de ropas oníricas,

negado

de tu hermoso yacer.

Hiriente.

Siempre omnipresente.

Ocre es el manto,

sacra tu pose.

Desvelado te recreo

nunca a mi lado,

¿tal vez? Nunca habrás

De estarlo.

No hay baile mejor, que este

tu estático embellecer,

tendida,

despreocupada los dioses

te guardarán,

mi musa de un afortunado

ajeno caminante,

te sufriré una vez más,

antes de olvidar

la imagen

de tu inocente belleza.

Durmiente

te desvaneces finalmente

una vez más.

jueves, diciembre 25, 2008

Intangible

A mi musa imaginada...


Cruda y frágil, reivindicante
de todo tu género.
Intangible mujer, etérea amazona, sólo podré
-¿al menos?- reconstruir tu figura,
nunca en una mañana perfecta. Nunca a mis ojos,
destinarán, la visión
de tu espalda desnuda.
Hiel de mil pesquisas revuelve tu vientre, mientras
oníricamente, inconscientemente,
meces mi ilusión a un abismo púrpura;
dirimo si soñar, al menos, una caída
suficientemente extensa, como para pensarme
eterno;
o, tal vez, flotar un instante y volver, otra vez,
finalmente al mismo sabor;
Agrio dolor, padre de la
creación -¡Nútreme!-
Sólo una expresión basta(ría), para,
gentilmente,
hundirme en laberintos irredentos.


¿Cómo te atreves, mujer despiadada,
a mostrarte así?
Pudoroso placer, privarse de intentar, aunque sea,
flotar sobre tu cuerpo.




Sir Nenon